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Ni diagnóstico, ni vacunas

Mi pequeña tragedia médica en una comunidad Wampís del río Santiago

En febrero del 2020, mientras la pandemia por COVID-19 parecía una de las tantas epidemias anecdóticas de países distantes, sobreviví a una enfermedad cuyo diagnóstico hasta ahora desconozco. Nuevamente en Lima y en los primeros días de la cuarentena en el Perú, escribí estas notas para compartirla con una colega de quien he aprendido tanto y a quien admiro mucho. También para no olvidar lo que sentí y el susto que me llevé cuando estuve seriamente enfermo lejos de las ciudades y para retratar parte de la oferta de salud a 6 horas de la frontera con Ecuador. 

Rodrigo Lazo

Publicado: 2021-02-14



Estuve con fiebre de 40°C entre 4 y 5 días, dolor de cuerpo, diarrea desde el segundo día, vómitos desde el tercero y se me hizo imposible ingerir algo a partir del tercer día y hasta el séptimo. No toleraba ni el agua ni por supuesto cualquier otro alimento. Perdí 8 kilos en 8 días, pero lo peor fue la incertidumbre sobre el diagnóstico y sobre el tratamiento necesario.

Aunque no había centro de salud, llegaba un enfermero con pruebas rápidas para malaria. Me hicieron cinco y todas resultaron negativas.

Me llevaron a la microrred a hora y media de ahí, pero era fin de semana y la serumista no me atendió. Volví a la comunidad. Varias familias especulaban sobre diferentes posibles diagnósticos y querían que tome casi toda la oferta de antibióticos, analgésicos y corticoides de las tiendas. Yo trataba de dosificar y sobre todo de bajar la fiebre.

Luego pensaron que podría ser susto y llamaron a un comunero que me desvistió, frotó con alumbre y sopló agua de azar delante de decenas de personas apiñadas alrededor de la casa.

Se fue a quemar el alumbre y volvió: no era susto. Esa noche, la cuarta, fue bastante tensa, yo vomitaba mucho y la fiebre subía. Llamaron a un pastor por el altavoz, a un comunero ejemplar que, decían, era infalible. El pastor llegó, rezó un poco a la luz de la vela y diagnosticó, en wampis, una enfermedad grave. Que si no me convertía y arrepentía de mis pecados, no me curaría. Que además debía tomar "repriman", complementariamente. La traducción me pareció más sutil, pero su oferta reunía la atención de los presentes.

Aunque lo evalué unos segundos, me fue imposible mentirle al pastor y al resto de personas y tuve que agradecerle sus buenas intenciones en wampis. Como yo no entendía muy precisamente el contexto de la conversación, me sorprendió que mis palabras de agradecimiento hicieran explotar las risas de todos. Todos rieron menos el pastor que se fue rápidamente y dejó una leve tensión en el ambiente.

Continué recostado varios minutos u horas y, como enviado de dios, llegó a la comunidad un enfermero que había sido jefe de la microrred de Neftalí y que volvía a su comunidad para estar con sus padres. Lo habían enviado con unas bolsas de suero por si alguna gestante iniciaba labor de parto. La gente reunida pensaba que me moría y el enfermero, a mi modo de ver, me salvó de mucho más sufrimiento físico y mental. Su diagnóstico fue una infección estomacal severa, tifoidea o lepstospirosis y decidió instalarme una vía endovenosa, compró antibióticos de amplio espectro y corticoides y en unos minutos me puso a dormir.

Cuando desperté, ya en la madrugada, no tenía fiebre y el enfermero seguía sentado a mi costado, el resto de gente descansaba en sus casas. Al amanecer cambió el suero y volvió a inyectarme antibióticos. Por la tarde se fue a la microrred de Neftalí. Volvería al día siguiente con varias bolsas de suero y con más antibióticos. Al irse dejó encargado a un sanitario que me inyecte otra ronda de antibióticos antes de dormir. Asumió que el sanitario sabría realizar el procedimiento.

Lamentablemente el sanitario entendía poco de cómo poner una vía y decidió inyectar los medicamentos directamente en mi vena. A segundos de empezar a hacerlo se me cerró el pecho, empecé a temblar y sentí que no podía respirar. El sanitario se detuvo asustado. Pude respirar de nuevo y retomó la inyección solo que esta vez mucho más lentamente. Toleré la leve tensión en mi pecho y poco tiempo después de terminado el susto volví a quedarme dormido.

A partir de ese incidente todo empezó a ir mejor considerablemente. Al menos, desaparecieron la fiebre y el dolor de cuerpo que eran lo más difícil. Lo que vino fueron días de náuseas y diarrea. Era suficiente el olor a comida y tenía que correr y apuntar fuera del emponado. Aunque yo me sentía mucho mejor, para las familias que me visitaban yo seguía enfermo: todavía no comía normalmente.

Las especulaciones continuaron. Que era malaria 'porque la bacteria se esconde y no aparece en la prueba si uno toma un medicamento antes'. Que era tifoidea, que era susto o que era daño. Ya no acepté más pastillas, pero sí que un comunero que era "medio brujito, pero bueno" viniera a verificar si era daño. El hombre estuvo conmigo unos minutos, me frotó con alumbre también, no bebió ni ayahuasca ni toé, pero sí fumó tabaco y me sopló varias veces. Me preguntó si veía a alguien en sueños, si veía murciélagos o ratas, si sentía que alguien me jalaba el cuerpo o me quería llevar durante la noche.

Aunque algunas noches había tenido sueños pesados en el contexto de la comunidad, era claro que no debía mencionar a ningún comunero o comunera y que lo responsable era despejar esa posibilidad de diagnóstico. Señalar a alguien era ponerle una sombra indeleble que le perseguiría siempre y que podría ponerle en riesgo como sospechoso de dañino en el futuro de la comunidad.

El "medio brujito" que me auscultaba no encontró signos de daño y se retiró diciendo que tal vez era susto. Mi mejoría no era aceptable para los comuneros, mis vómitos e inapetencia les preocupaba. El día en que mi colega y el equipo de colaboradores locales del estudio terminaron de hacer las entrevistas, llegó el apu a informarme que habían decidido en la última asamblea que no podría dejar la comunidad con la salud frágil.

Les preocupaba que en el viaje mi salud empeorara y no querían ser señalados luego como la comunidad en la que murió el antropólogo. Sobre todo porque sabían que en otras comunidades yo había andado normal y que tenía amigos cercanos entre los awajún y entre los dirigentes de los cinco ríos.

A ese punto yo solo quería marcharme. Quería olores familiares, una sopa de pollo y fideos y nada de aves o carne de monte - mucho menos de pescado. Sentía que me urgía volver a Lima. Pero, aunque me esforzaba, todavía no podía comer.

Volvió entonces el rumor de que tenía susto y las especulaciones de quién o qué podría haberme asustado. Llegó la noche y la abuela de la casa vecina, una mujer de dedos rugados y torcidos, de pocas canas, de tatuajes circulares en los pómulos y de caminar calmado, llegó a visitarme. Traía un kión en la mano. Me habló lento en wampis y entendí que se ofrecía a curarme y que me pondría el piri-piri en la cabeza. Accedí.

Subió al emponado, se sentó y me sentó frente a ella y empezó a masticar el kión. Mordía rápidamente pero rápidamente también se fueron inflamando y enrojeciendo sus ojos. Me sentí mal. Se puso de pie y presionó mi cabeza con ambas manos. Ajustó varias veces y empezó a soplar los pedacitos de kión y saliva sobre mi cabeza rítmicamente. Al mismo ritmo y muy suavemente me hacía oir una melodía y un balbuceo en wampis entre soplido y soplido. 

Un minuto después volvió a sentarse y terminó de escupir los restos de kión a nuestro lado. Frente a frente y por varios minutos, me observaba y dejaba de observarme desde unas ojeras calmadas y profundas. Una vez más, volvió a masticar el kión, a humedecer sus ojos y repitió el procedimiento en mi cabeza. Al concluir se despidió de mi y volvió a su casa. Volví a recostarme y sentí muy claramente que debía curarme.

Desperté débil, pensando en que debía comer y retener los alimentos. La señora de la casa en la que nos quedábamos me preguntó si quería comer. Le respondí que sí y algo sorprendida me dijo que la papaya era buena para el estómago. Pensé que era fresca y decidí desoír la recomendación común de no comer frutas con el estómago enfermo. Mastiqué la papaya y la tragué. Fueron pocas las ganas de vomitar y las controlé. Las náuseas parecían un reflejo.

La papaya, a diferencia de otras comidas, me caían muy bien. Poco a poco llegaron a visitar y curiosear vecinos. Mi ingesta de papaya únicamente aun no les convencía. Llegó el apu y pidió a la señora de la casa que me sirviera una sopa o la comida que hubiera. Era mi prueba de fuego. Trajo una sopa de gallina de corral. La grasita natural desbordaba el plato. No era un buen presagio. Tomé la cuchara y traté de recoger solo el caldo. Tragué una y tras la siguiente vomité la poca agua que había bebido y toda la papaya de la mañana.

El apu desaprobó y me explicó que era susto. Que no solo a los niños les afectaba y que conversando con otros comuneros habían identificado cuándo era que me había asustado. El grupo había concluido que el susto se produjo en casa de un padre de familia con el que yo conversaba y tomaba masato con cierta frecuencia. Me comunicaron que él era el responsable y que ocurrió cuando una tarde me enseñó el "enemamau", el saludo tradicional y enérgico con el que dos guerreros se encontraban antes de sentarse a conversar.

En el enemamau el guerrero sujetaba la lanza por la punta y en posición de ataque simulaba estocadas breves mientras gritaba una presentación seca, sonora, fuerte y entrecortada en sincronía con el ademán de ataque con el arma empuñada. A la presentación de uno de los guerreros seguía la del otro, con la misma determinación, fuerza y respeto por la persona de enfrente. Persona que podía ser familiar cercano, distante, amigo o potencial enemigo. El enemamau llena de tensión el ambiente y muestra la fricción de dos fuerzas manifiestamente contenidas.

Para el apu y sus comuneros de confianza, era el enemamau de mi compañero de masato lo que me había enfermado. No se entendía el saludo como una agresión de su parte; más bien, la enfermedad era una muestra de mi fragilidad.

Ese mediodía volvió el apu con una mujer de unos sesenta años. Ella traía algodón, pico de tucán, cacho de toro y un tronco delgado con brasas en el extremo. Yo conocía el procedimiento. Un trocito de brasa iba al centro de la bola de algodón y encima de la brasa se echaban las partículas del cacho de toro y del pico de tucán que se desprendían al rasparlos con un cuchillo. La bola de algodón se cerraba parcialmente y por un pequeño agujero se soplaba fuertemente para generar humo en abundancia. El humo tenía que respirarse y por ello había que estar bajo una manta y dentro del mosquitero. Luego de respirar y toser el humo algunos minutos, se retiraba la manta y se frotaba fuertemente el cuerpo semi desnudo con el algodón todavía muy caliente. El procedimiento tenía que repetirse dos o tres veces. Si no había mejoría le seguía un enema con un kión especial para quitar el susto. Con ello, normalmente, el enfermo se recuperaba. La señora vino a tratarme con el algodón tres veces. Dos el primer día y una tercera vez al día siguiente.

En esos últimos días continué comiendo papaya tres veces al día. Poca papaya y poca agua. Las náuseas continuaban, aunque cada vez más leves. El tercer día el apu volvió a indicarme que coma un caldo o algo sólido. Era una prueba de fuego. Habían preparado arroz y menestras, además de plátano. Con menos dificultad pude comer un cuarto de la ración. El apu me miró con aprobación y dijo que volvería por la noche para verificar mi salud. Aunque todavía estaba muy débil pude volver a comer, sobre todo arroz. Creo que eran los primeros días de marzo. Esa noche le comuniqué al apu que al día siguiente teníamos que regresar, que le agradecía a las familias de la comunidad por haberme cuidado y por su preocupación. Le expliqué que teníamos un vuelo y que nuestras familias nos esperaban, que también se preocupaban.

El apu aceptó y lo comunicó por el altavoz. Vinieron varias personas a despedirse. Era más que evidente que había sido un susto todo el tiempo. En vano había tomado tantas pastillas y recibido suero, se comentaba. En una de esas conversaciones enumeré los ingredientes con los que me habían curado esperando la confirmación colectiva del procedimiento. De pronto, antes de terminar la lista, recordé que había un ingrediente en el que no había estado pensando. Además del pico de tucán y el cacho de toro, un insumo trascendental era el pelo o cabello de una persona.

Sorprendido pregunté si lo habían incluido. Abundaron las risas y miradas cómplices. "Claro, antropólogo Rodrigo" me dijo el apu. "Del que te ha asustado hemos usado. Sin eso no te curabas", aseguró. Los visitantes comentaban y se reían. Todavía sorprendido quise confirmar si habían usado el cabello de mi amigo. Varios comuneros me lo aseguraron muy convencidos: "En la asamblea lo hemos cortado su pelo". ¿Entonces él ha querido dar su pelo?, volví a preguntar. "Cómo no va a querer, antropólogo, entre todos lo hemos cogido y le hemos cortado, cómo no va a aceptar".

Me quedé pensativo mientras organizaba mi equipaje y hasta quedarme dormido. Mi amigo no había venido a despedirse esa noche.

Al día siguiente despertamos antes del amanecer para no perder la chalupa hacia Nieva. Se fueron juntando algunas personas al lado del puerto. La brisa todavía ocultaba la montaña del otro lado del Santiago. Divisamos una chalupa que ignoró nuestros gritos. Yo estaba un poco inquieto, pronto llegaría la embarcación de Elmer Tuesta, el chalupero con el que habían coordinado el recojo. Volvieron a aparecer dos chalupas a la distancia y empezamos a despedirnos de las quince o veinte adultos y niños que acompañaban la espera.

Estaba a punto de bajar hacia la orilla del río y pude verlo aparecer a la distancia, acercándose entre curioso y dubitativo. Sonreí con calma y me acerqué hacia él. "Yatsuru", le dije. "Hermano", me respondió todavía un poco inseguro. En su cabeza, sobre la oreja izquierda, sobresalía un hueco entre sus cabellos. Lo señalé y le dije "te han peluqueado, hermano", sonriendo con cariño. También sonrió y me dijo "te habré asustado, yatsuru".

Nos reímos nuevamente en confianza. Nos abrazamos y volví rápidamente hacia el puerto. Niños habían cargado mi mochila hasta la orilla del río. Descendí con cuidado evitando resbalar en el barro y antes de subir a la chalupa me volví para despedirme. Así concluyó mi última estadía en el territorio Wampís y Awajún.


Escrito por

Rodrigo Lazo

MA en Antropología. Investigador y estudiante doctoral de la Universidad de Massachusetts-Amherst y profesor PUCP.


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